PATRIMONIO

Castro Urdiales cuenta con un buen número de vestigios de la Edad Media, la mayor parte de ellos en el entorno de la colina monumental donde se ubica la iglesia gótica de Santa María de la Asunción, pero también existen otros elementos situados en las inmediaciones de la villa. Todos esos elementos han sufrido de una fuerte descontextualización con motivo de la mutación urbana de la villa, por eso se hace necesario su reunión y estudio para poder interpretarlos correctamente.

La iglesia de Santa María de la Asunción es el emblema de la villa de Castro Urdiales. Se ubica también en la colina monumental, zona norte de la villa, sobresaliendo sobre el resto del conjunto urbano. La edificación de la iglesia se hizo necesaria cuando, con motivo de la expansión económica y demográfica de la ciudad, el templo de San Pedro se quedó pequeño para la feligresía. Santa María fue comenzada a construir a principios del siglo XIII (1208) bajo la supervisión del propio Alfonso VIII, que estuvo presente en la villa en dos veranos consecutivos, 1208 y 1209. El arquitecto que dirigió el proyecto era un buen conocedor de las tendencias artísticas francesas, y acaso formó parte del taller que diseñó la catedral de Burgos. La construcción se produjo con rapidez, aunque a lo largo de los siglos experimentó ampliaciones y reformas varias, muchas relacionadas con el deterioro  que el edificio había sufrido con motivo de su problemática ubicación en la peña del Castro. La fachada occidental del edificio es maciza y esbelta al mismo tiempo, y responde al estilo protogótico del norte de Francia, no obstante, su parte más hermosa quizás sea la panorámica oriental correspondiente al ábside y otras capillas –de diferentes épocas– soportadas por contrafuertes escalonados y salteadas de ventanales apuntados. El interior del templo consta de tres naves dispuestas en una planta basilical, que por las particulares características del edificio no es fácilmente distinguible. Dentro podemos disfrutar de bóvedas de crucería propiamente góticas, de un majestuoso presbiterio, grandes ventanales y rosetones que llenan la intimidad del templo de luz, creando en conjunto una experiencia muy sugestiva para cualquier visitante. Actualmente, el templo acoge ampliaciones desde el mismo siglo XIII hasta el XVIII.

La edificación del castillo del rey data con toda probabilidad de la segunda mitad del siglo XII, por su perfil sobrio y fábrica tosca, y porque sabemos que, junto con la muralla, era una de las primeras obras que se emprendían con la concesión del fuero por imperativo real.

No obstante, el castillo ha sufrido numerosas restauraciones desde época moderna, para acomodar sus defensas a los tiempos de la pólvora: las remodelaciones le hicieron adoptar forma pentagonal –medida para eludir los puntos muertos en la defensa–, se hicieron terraplenes, y se abrieron troneras en sus muros para asomar la artillería. Dadas las numerosas guerras de la monarquía hispánica con Francia e Inglaterra, entre los siglos XVI y XVIII, Castro fue una plaza bien fortificada y alertada para la defensa también en los siglos modernos.

El castillo de Castro ha tenido variados usos a lo largo de la historia, pero en su origen su cometido principal fue vigilar la región desde sus torres, y muy especialmente guardar la villa frente a los ataques por mar. No se ha conservado documentación medieval relativa a esta fortificación, por tanto no sabemos si tuvo uso residencial o de otro tipo, aunque no podemos descartar que Alfonso VIII residiese en este lugar durante sus visitas estivales a la villa.

Otro de los emblemas de la villa castreña es la ermita de Santa Ana. Fue esta capilla levantada sobre una roca que sobresale del mar y que protege la bahía de los vientos del noroeste, siendo uno de los lugares más característicos de la villa castreña. La divisa y el escudo de la ciudad le hacen un sitio a este enclave, nulo en el aspecto artístico de su factura, pero fundamental en el desarrollo histórico de Castro Urdiales, en la medida que fue santuario irremplazable para los pescadores. Aunque el culto a Santa Ana debemos datarlo del siglo XIII en adelante, la arqueología ha demostrado que en época anterior hubo un asentamiento eremítico en el peñón, y no debe de extrañar que aquel mismo lugar acogiese algún tipo de santuario precristiano en tiempos remotos. Antiguamente, el camino por el que se accede al rompeolas y que separa dos peñas, una de las cuales sirve de asiento a Santa Ana, no existía, y ambas rocas estaban unidas haciendo una sola, rodeada por la mar, a la que se accedía por un puente desaparecido a día de hoy.

El cabildo de pescadores de San Andrés realizaba sus reuniones al abrigo del templo, desde la Edad Media. Todavía hoy, los marineros realizan ofrendas a la santa el día de su festividad.

En la colina monumental, entre el castillo y la actual iglesia parroquial, nos encontramos la que debió ser primera iglesia de la villa, la de San Pedro, un pequeño edificio románico de reducidas dimensiones, una única planta y sencillo ábside. Construida con mampostería y sillar en los esquinales y ábside, sabemos que sirvió como lugar de reunión al Concejo y al cabildo de pescadores. El edificio, que conserva solo parte de sus muros y está por completo carente de techumbre, no tiene ningún uso concreto a día de hoy.

 

Dentro del capítulo de defensas urbanas, debemos considerar también la muralla. En la villa de Castro Urdiales, los trabajos de amurallamiento debieron comenzar en las últimas décadas del siglo XII, y prolongarse durante todo el siglo XIII. Los muros de la villa estuvieron en pie hasta que, con motivo de la expansión poblacional del núcleo, entre los años 1885 y 1895 fue desmantelada. En tales fechas, la cerca carecía ya de todo uso práctico, y debió verse más como una incómoda y ruinosa reliquia que como un valioso monumento del pasado.

Hubo un fragmento del lienzo, no obstante, que se libró del derrumbe gracias a encontrarse en una zona de la villa sin posibilidad de expansión. Se halla en frente de la fachada occidental de la iglesia de Santa María, y en él pueden contemplarse una barbacana elaborada con materiales de gran calidad, además de un cubo de la muralla cubierto de vegetación. Aparte de estos dos elementos defensivos, se conservan cerca de cuarenta metros de lienzo, fabricado a cal y canto, con sillarejo, mampostería y mortero, ubicados en un terraplén que da a un acantilado rocoso por donde penetra un estrecho brazo de mar, que separa el Castro de la Atalaya. Su anchura es cercana al metro.

Este amurallamiento correspondía a la línea defensiva que rodeaba el Castro. Nada se ha conservado de la segunda línea de muros, la que envolvía las villas de Arriba y de Abajo.

Respecto a las tres puertas medievales de la villa, la de Santa María de los Portales –al final de la que es actualmente la calle Belén–, la otra de San Francisco –en el extremo de la calle Santander a día de hoy– y finalmente, la de la Barrera –ubicada en la plaza que en el presente lleva el mismo nombre–, nada hemos conservado de ellas, salvo planos localizándolas y algún que otro grabado o foto antigua.

Para concluir, haremos mención de un elemento patrimonial ubicado en los montes próximos a la villa, también de época medieval. Este castillo, conocido como San Antón –popularmente referido en Castro como Los Templarios–, se alcanza subiendo desde San Martín de Campijo en dirección al pico Cerredo.

En el balcón de una aventajada peña, y aprovechando su estructura rocosa, se construyó una pequeña fortaleza, desde donde se aprecia la región como en ningún otro lugar de la comarca. La torre, de la que solo quedan algunos muros de sólido sillar –grabados del siglo XIX evidencian el expolio que ha sufrido en los últimos siglos–, dominaba una extensa región terrestre que comprendía la zona occidental de Vizcaya hasta Laredo, y una amplísima porción de mar si el día es claro, desde cabo Villano hasta Santoña. Sus muros son potentes y evidencian una construcción a cal y canto, aparte de sorprender por la calidad de su sillar.

Hoy en día es manifiesto que no perteneció a la orden del Temple, sino probablemente a los caballeros de San Juan, originados en Tierra Santa en el siglo XI y establecidos en el monasterio de Campijo en la Baja Edad Media, del que probablemente la fortaleza dependería. Se cree fue construido durante el siglo XIV.

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